EL VANO DE LA SALA

Era una vieja casona asentada en el valle que se encarama sobre la garganta del río Sil, frontera natural entre las provincias de Lugo y Orense. No eran por entonces marcas conocidas ni la de Ribeira Sacra ni la del vino Mencía de Amandi. Sigue siendo la misma casa, sobre las mismas bases, con otros fantasmas, pero a mis ojos ya no es la misma. Hablo de hace casi 50 años pero parece que ha pasado un siglo. No sólo en el tiempo sino en el espacio. Allí pasé todos los veranos de mi infancia y primera juventud.  Lo que soy en buena parte también se hizo en esa casa y en esos campos.  Bajo ese cielo.

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En mis primeros esbozos de memoria, una parte de la casa, entonces la más ‘moderna’, la ocupaban mi tía abuela Estrella y su marido, Felipe. Pronto se quedó sólo en mi tía Estrella. Delgada, adusta, siempre de negro, como una aparición en una vieja película. Producía mucho respeto a unos niños que apenas empezaban a conocer en qué consistía eso de la vida. Con los años, llegué a saber que había sido una persona culta, librepensadora, diferente, que había regresado a su tierra natal para morir, después de muchos años vividos en la gran ciudad. Y no sé por qué pero me viene a la memoria esa película que nunca olvido pero de la que ahora no recuerdo su nombre. Sí, habla memoria: ‘Amanecer’. ‘Sunrise’. Murnau. No me preguntes por qué.

En la vieja sala, inmensa a los ojos de un niño, con enormes muros externos construidos con piedra, paja y barro, y suelos de tableros agujereados donde crecían las telarañas que tantas veces salvaron las canicas de nuestros juegos infantiles, había una oquedad, un vano, que me parecía el cajón de las sorpresas. Un agujero profundo al que asomar mi cabeza. Era lo primero que hacía nada más llegar al principio de mis vacaciones. Ponerme a rebuscar. Allí podía encontrar prácticamente cualquier cosa y todas me deslumbraban. Una antigua linterna. Cepillos antiguos de zapatos. Cromos descoloridos. Llaves de acceso a sitios desconocidos. Todo tipo de herramientas pequeñas.

 

De allí desenterré un libro: ‘Casablanca’, escrita como novela, creo recordar, sobre una película que todavía tardaría unos años en saber que existía. Todavía puedo recordar a Humphrey y Bergman pintados en la portada. También solía sacar ejemplares del ‘Reader’s Digest’ que nunca me enteré muy bien de cómo llegaban hasta allí. ¿Mi tía Estrella? De esas revistas adoraba, por cierto, los relatos de náufragos. El terrible mal del escorbuto y el Mar de los Sargazos. Siempre había una historia al respecto. Cualquier cosa era para mí un tesoro. Insignias. Medallas. Clavos. Luego repetía la operación en cajones de antiguos armarios aunque ya con menos éxito. Pero esa cavidad fue mi ventana al mundo, la cuna y la tumba de mis juegos. Aquel agujero. Es lo más parecido que yo he visto al sistema solar. Que digo. Al universo. El universo de mi infancia.